Obras de Misericordia Espiritual – Consolar al Triste

Consolar al triste
Consolar al triste

Hay tres obras de misericordia espirituales en torno a la reconciliación – consolar al triste, perdonar las ofensas y soportar con paciencia a las personas molestas – favorece el espíritu consolador. Un espíritu es conciliador si reconoce su propia necesidad de reconciliarse con Dios. En efecto, no podemos consolar, perdonar y soportar pacientemente las injusticias, si no reconocemos que somos deudores de Cristo, el cual nos ofrece continuamente el modo de reconciliarnos con Dios.

El consuelo para el triste, para el que sufre alguna dificultad, es otra obra de misericordia espiritual. Muchas veces se complementará con dar un buen consejo, que ayude a superar esas situaciones de dolor o tristeza. Acompañar a nuestros hermanos en todos los momentos, pero sobre todo en los más difíciles, es poner en práctica el comportamiento de Jesús que se compadecía del dolor ajeno.

Un ejemplo viene recogido en el Evangelio de Lucas. Se trata de la resurrección del hijo único de la viuda de Naím. “Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verlo el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”. Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Jesús dijo: “Joven, a ti te digo: Levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Jesús se lo dio a su madre”.

Jesús nos ha dicho, “Dichosos los que lloran, porque serán consolados”. El consuelo de Dios, por medio del Espíritu Santo, nos consuela. Pero, además, Dios se vale de nosotros para consolar a los demás. No se trata de decir: no llore, sino de buscar en las Sagradas Escrituras, la palabras que mejor se adecuen a la situación. En los salmos podremos encontrar esa palabra de consuelo que requerimos. Por eso, es conveniente recitarlos y meditarlos constantemente.

Dios Consuela a su pueblo con la bondad de un pastor (cf. Is 40, 11; Sal 23,4), con el afecto de un padre, con el ardor de un novio y de un esposo (cf. Is 54), y con la ternura de una madre (cf. Is 49, 14s; 66, 11-13).

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. (2Cor 1 3,5)


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